La reconocida actriz mexicana le dedicó 20 meses a la exitosa telenovela de Televisa y ahora quiere hacer lo propio con el escenario, una pasión a la que le viene entregando la vida.
La alelada forma en que ve Dionisio Pinzón (Ernesto Gómez Cruz) a la bella Caponera (Blanca Guerra), mientras ella canta en una carpa arrabalera en El imperio de la fortuna (Arturo Ripstein, 1986), basada en el libro de Juan Rulfo, sólo puede ser comprendida a cabalidad mientras uno entrevista a la actriz en un camerino de la sala Xavier Villaurrutia, del Centro Cultural del Bosque, donde forma parte del elenco de la obra Prendida de las lámparas, que trata vida y obra de Rosario Castellanos.
Y no se diga cuando le pedimos que nos recite algún fragmento favorito de la escritora chiapaneca, y susurra: “Porque desde el principio me estabas destinado / era mi soledad un tránsito sombrío / y un ímpetu de fiebre inconsolable”.
Blanca Guerra (10 de enero de 1953, ciudad de México) estuvo durante veinte meses metida en la pantalla chica con la exitosa telenovela Alma de Hierro y ahora quiere un lapso similar para dedicárselo al teatro. El 19 de marzo finaliza la temporada de Prendida de las lámparas, de Elena Guiochins, dirigida por Alberto Lomnitz, ocasión memorable para la que Marta Lamas y Beatriz Espejo develarán una placa.
Ya encarrerada, el 25 de marzo Blanca Guerra estrena Agosto, distrito de Osage, de Tracy Letts, en el teatro San Rafael. La acompañan Angélica Aragón, María Renée Prudencio, Raymundo Capetillo y Francisco de la O, entre otros prestigiosos compañeros de profesión. Esta obra obtuvo en Estados Unidos un premio Pulitzer y varios Tony.
A la actriz capitalina se le han juntado las funciones de la primera obra y los ensayos de la segunda. Al respecto, dice: “No se lo recomiendo a nadie, es agotador”, y agrega entre risas: “sobre todo a esta edad”. Ella sabe perfectamente que el otoño le sienta bien y que está en plenitud; la receta es hacer lo que le gusta y practicar danza todos los días.
Entre Rosario y Bárbara
A Blanca Guerra le hubiera gustado conocer a Rosario Castellanos en persona y decirle “que se disfrutara más a sí misma, para nunca sentirse sola”. Refiere, susurrando, que, en la obra, la escritora dice: “Me he resignado a mi incapacidad para disfrutar el presente”.
A la actriz le gustan las funciones de los jueves “porque tienes lunes, martes y miércoles sin hacer la obra, y entonces regresas con mucha excitación a tu arenero” (se refiere a la escenografía).
Comenta que, aunque la obra es muy agotadora porque durante hora y media jamás abandona el escenario, es un remanso comparado con el melodrama de tres horas que es Agosto, condado de Osage, donde interpreta a Bárbara, la hermana mayor de una familia muy disfuncional que se enfrenta a la extraña desaparición del papá.
Guerra leyó la obra en inglés y le gusta la adaptación que se hizo al español, aunque ha sugerido algunos cambios en los parlamentos de Bárbara, sobre todo en ciertos modismos. Por ejemplo, prefiere decir que alguien muy drogado “está hasta la madre”, en vez de “jodido” (y tiene razón). Agosto le parece “una de esas obras a las que le rascas y le rascas, y cada día le encuentras algo nuevo”. No cree, la hermosa actriz de Mojado Power (Alfonso Arau, 1979) que los momentos de humor le resten profundidad.
Chente y Jodorowsky
Le preguntamos cómo pudo sobrevivir a los geniales aunque excéntricos director Arturo Ripstein y Alejandro Jodorowsky (con quien hizo Santa sangre en 1989). Dice Blanca Guerra que “Ripstein trataba muy bien a todo el mundo, excepto a alguna persona a quien no voy a mencionar. Sí era muy riguroso y mordaz, pero encantador”.
Le comentamos que hay historias negras acerca de cómo Jodorowsky se entrometía en la psique de sus histriones. “Cuando filmamos Santa sangre, lo iban a visitar muchos actores que trabajaron con él durante su etapa de mayor provocación. Yo le pregunté acerca de eso que me dices y él me contestó que los que salieron mal luego de trabajar con él, fue porque ya habían llegado mal”, dice.
Blanca afirma que hubo años en los que filmó cinco o seis películas, varias de ellas al lado de Vicente Fernández. Añora la época en que cierto público podía asistir a estrenos en cines donde se cobraban precios populares, y un refresco no costaba treinta pesos.
En la despedida, la actriz habla en italiano con el fotógrafo italiano de El Universal , mientras el reportero se transforma mentalmente en el Homero de Los locos Adams, cuando Morticia, la suave voz de Blanca, suelta algunas frases irresistibles en francés.
Fuente: El Universal





























